LOS APOCALIPSIS EN MI TIEMPO (Andrés Canedo)

LOS APOCALIPSIS EN MI TIEMPO (Andrés Canedo)

Escrito el 19/05/2020
Andrés Canedo

Corría 1960, y yo vivía los principios de mi adolescencia. Todo era cielo despejado y la certeza de un camino luminoso hacia el mañana. Salvo, claro, aquellos primeros amores intensos, efímeros, a veces terriblemente dolorosos. Porque Gigi y su familia se cambiaban de ciudad y yo quedaba solo, en el primero de los desamparos. O porque el amor por Alicia, que había quemado como todos los soles del universo, se iba desvaneciendo en la nada. Luego, porque Ana, tan bella, tan inteligente y tan cruel, estaba y no estaba, pues cuando no estaba es que estaba con Arturo y, a los pocos días volvía a estar conmigo, para repetir el ciclo una y otra vez. Pero a pesar de ello, de las negras noches en que esos avatares me sumían, el cielo seguía limpio y el mañana podría ser radiante.

Pero ese año, no sé dónde surgieron, llegaron unas voces admonitorias que se fueron multiplicando entre los estudiantes del colegio y se supo, sin confirmación oficial, que pronto se abriría el mensaje de la Virgen de Fátima y se dijo que este traería desgracias infinitas para la humanidad: no habría luz que funcionara, ni eléctrica, ni la de los autos, ni la de las velas y, como yapa, como añadidura ominosa, el sol, el nuestro, dejaría de brillar. Un poco después, los pronósticos aciagos se exacerbaron hasta el paroxismo, pues se dijo que ese día fatídico, el de la apertura del mensaje, se acabaría el mundo. Y todo esto parecía corroborarse en los mensajes oscuros y ambiguos de los curas del pueblo y en el anuncio, por alguien divulgado, de que las monjas del convento venderían velas bendecidas, las únicas capaces de alumbrar en ese próximo día de tinieblas y lobreguez. Pero todo esto sólo lo hablábamos entre los alumnos, mezclando el escepticismo, ya que algunos nos creíamos poseedores de mentes modernas, con un temor secreto que venía creciendo de contrabando en nuestras almas. En casa, no se hablaba de ello, ni papá, ni mamá, ni mis hermanos mayores hacían ninguna alusión al asunto. Lo mismo sucedía en las casas de mis amigos. Mientras tanto Ana, con la que vivíamos uno de nuestros renovados noviazgos, no le prestaba atención al asunto y en cambio me escribía unos alucinantes poemas eróticos, aunque nosotros todavía no habíamos entrado en esas cuestiones y no pasábamos de los besos intensos y de alguna caricia impropia y aislada.
Dos días antes de la fecha señalada, un viernes, me avisaron en casa que, aprovechando el fin de semana, yo acompañaría a mi hermano mayor a su trabajo en el campo, a unos 60km de donde vivíamos. De modo que para el domingo probablemente fatal, yo no estaría con Ana ni con mis padres o el resto de mis hermanos. Estaría solo, con Lalo, en el campo. No esbocé ningún amago de rebeldía, no hice ninguna alusión a la fecha terrible que, supuestamente, se avecinaba. Y no lo hice porque no quería parecer cobarde y porque las ráfagas de temor, eran sólo eso, ráfagas infrecuentes. Así que con Lalo nos fuimos al campo: la casa humilde, las comidas parcas, el agua de pozo y la naturaleza prodigiosa. Me dediqué a la actividad física, pues trepaba las colinas cercanas, corría a la orilla del río, saltaba obstáculos y montaba a caballo. Me hacía fuerte, pensaba. Pero también pensaba que si el mundo se iba a acabar, de nada valdrían todos esos esfuerzos por forticarme, y, lo que es peor, pensaba en la cantidad de cosas maravillosas que ese destino fatídico me impediría realizar; entre ellas el tomar el cuerpo maravilloso de Ana que maduraba como un durazno pronto a ser arrancado. El sábado en la noche, pensé que tal vez sería la última, que posiblemente ya no despertaría. Sin embargo, ese pensamiento fue sólo una sombra fugaz que no me perjudicó el sueño y al día siguiente, el domingo ominoso, me despertaron el canto de los pájaros y el sol que se derramaba por la ventana. Durante el desayuno la charla con mi hermano versó, como todos los días, sobre las actividades que realizaría cada uno. Lalo, aunque me parecía que por ratos me miraba intensamente, vigilante de mis posibles sentimientos, aparentaba no estar ni siquiera enterado de lo que a mí me venía preocupando. Entonces caminé, corrí, anduve a caballo en un día maravilloso y pleno de luz. Disfruté de esas acciones, si bien por momentos pensaba que, tal vez, todo acontecería más tarde: al mediodía, al atardecer. Las horas fueron pasando, y durante el transcurso de las mismas, la alegría se fue incorporando a mi alma. Al caer la noche, esa alegría se volvió enorme e intensa, pues ya todo había pasado y la vida, en adelante, me daría la oportunidad de disfrutar (y sufrir) su oferta casi infinita.



Unos veinte años después, durante un análisis normal, un hemograma, el médico que me veía y que era mi amigo, pues yo también era médico, no pudo disimular su rostro de preocupación al leer las cifras. “Tienes una leucocitosis muy alta, pero no hay síntomas de infección, de manera que, tú lo sabes, tenemos que vigilar estos valores de los glóbulos blancos”. Claro, yo lo sabia, y aunque pensé que en pocos días esos datos se corregirían, no sucedió así y los leucocitos siguieron incrementados. Y eso repitió varias veces en el transcurso de dos meses. Pasé a manos de un hematólogo que me dijo lo que yo ya hacía tiempo venía pensando: “Lo bueno es que no hay formas jóvenes de los glóbulos blancos, pero este incremento nos obliga a pensar en una posible leucemia”. Eso, desde luego, significaba acabarse y si uno se acaba, también se acaba el mundo, el apocalipsis se realiza. De manera que un nuevo posible cataclismo se me presentaba, aunque en esa ocasión sería solamente yo el que se extinguiría. Viajé a Lima a consultar con un famoso especialista que, en la primera visita, llegó a la misma conclusión que su colega boliviano. Entre consulta y consulta conocí a una esplendorosa limeña a la que conquisté, creo, por el ímpetu de mi alma exaltada, la que me hacía hablar casi todo en verso y a decir infatigablemente, con una memoria que no sabía que tenía, poemas de mis autores favoritos. Con tan bella verborragia la llevé a la cama y vivimos una semana de amores exaltados y de una pasión feroz, que tal vez ocultaba el instinto de preservación de la vida. En la siguiente consulta, el médico propuso hacerme una punción de esternón para observar la médula ósea y el origen de las células sanguíneas, pero yo llamé a mi hematólogo boliviano que me recomendó que no me la hiciera. Así que volví a mi tierra con una doble sensación de incompletitud: seguía sin saber un diagnóstico claro para mi mal; dejaba, con nostalgia, un amor incompleto en Lima. Volví a mi vida de teatro, a cumplir con lo que tenía que hacer, mientras los hemogramas, más espaciados, revelaban un ligero aumento de la cantidad de leucocitos. Al cabo de unos meses conocí una mujer que me transtornó todos los esquemas y me casé con ella. Y aunque el resultado final no fue, al cabo de algunos años, bueno, ella tuvo el don de hacerme olvidar en la magia de su cuerpo fantástico, mis obsesiones hematológicas. Debo sí, agregar, que en el transcurso de los años, más de 30, he debido someterme por razones de trabajo o como consecuencia de otras enfermedades, a renovados hemogramas y siempre la leucocitosis fue alta e inclusive mayor que antes, pero obviamente, mi poliglobulia blanca, entonces ya idiopática (término que se suele usar en medicina cuando no se le encuentra la causa a una enfermedad), no fue nunca leucemia. De manera que de esa forma superé mi segundo posible apocalipsis y lo logré gracias a la pasión y el sexo infatigables con una mujer bella hasta la alucinación, con la que no logré, sin embargo, un final feliz en el plano más importante, el del amor.
Ahora, bien superados los setenta años, un nuevo y real apocalipsis está presente en mi vida. Y aunque, como solemos decir entre los amigos, ya estamos en ‘la sala de preembarque’, me preocupa no por mí, sino por los míos, por mi país, por la humanidad entera. Es que la pandemia del coronavirus, que al principio parecía tan lejana, tan intrascendente, nos ha traído la noche de los tiempos. Y aunque no sea muy mortal, salvo para nosotros los viejos, está arrasando la tierra y es de una voracidad y de una dimensión tan inaudita, que jamás imaginé que presenciaría un acontecimiento de este tipo en mi vida. El virus nos ha obligado a estar encerrados desde hace más de dos meses y no sabemos por cuántos meses más lo hará. El covid 19, a pesar de que ha permitido el resurgir de la naturaleza a la que veníamos destruyendo sistemáticamente, también nos ha hecho saber de lo mejor y lo peor de nosotros. Lo mejor, la capacidad de la mayoría de la gente de vivir la solidaridad y soportar la disciplina, de apoyar a quienes están en la primera línea de la lucha contra este enemigo siempre cambiante; lo peor, saber de la estafa que nos hicieron a lo largo del tiempo, con nuestros sistemas de salud increíblemente deficientes, la carencia de equipos y de personal para manejarlos, los canallas que en su demencia, arrojaron a sus pueblos a una especie de genocidio. Y también, las informaciones cambiantes, porque lo que se sabe hoy no es igual o es insuficiente para mañana. Asimismo, los pronósticos contradictorios para un mañana tan incierto como un billete de lotería. Pero muchos hablan de que perderemos libertades, de que salud y educación serán reemplazadas por sistemas informáticos en beneficio de las grandes compañías, que la economía, sobre todo en los países pobres, quedará destruida. Y mucho, mucho más… porque la humanidad que sobrevivirá a todo esto tal vez vivirá en el permanente temor y perderá muchos de los frutos de la alegría y de la luz. Es difícil hablar de todo esto, y lo es porque tenemos tanta y tan contradictoria información. Para escaparles a estas pesadillas en vigilia, a ratos me pongo a pensar en mi niñez y suelo recordar aquel día en que, en el patio de trasero de la casa en que vivíamos, apareció frente a mí una víbora cuyos ojos perversos logré ver y que me dejaron paralizado. En esos instantes de terror, apareció mi padre, que por suerte andaba cerca, y con un machete, la mató. El salvador había llegado. Aquí todavía no hay salvador. Ese mismo día de la infancia, mi madre, para hacerme ver que yo no era el más desdichado del mundo, me recitó por primera vez los versos de Calderon de la Barca, que luego me repetiría a menudo, tanto que nunca se borraron de mi memoria: “…Piadoso me has respondido. /Pues, volviendo a mi sentido,/ hallo que las penas mías,/ para hacerlas tú alegrías,/ las hubieras recogido”. En ese momento, tenía aún casi todas las preguntas sin resolver, sin embargo esos dos hechos, me dieron las primeras respuestas y me enseñaron el coraje, la solidaridad y el amor. Hoy, nuevamente, hay muchos interrogantes sin respuesta. Entro en mí mismo y desde allí pienso hondamente para que el pensamiento se haga fuerza y luz de manera que esos bienes, aquellos que me fueron dados en los momentos que conté, junto con la libertad, no nos sean arrebatados.