Las mujeres y la escritura de la política (Ivan Castro Aruzamen)

Las mujeres y la escritura de la política (Ivan Castro Aruzamen)

Escrito el 03/02/2020
Ivan Castro Aruzamen

To My Mother

Daniel Cassany en Describir el escribir. Cómo se aprende a escribir, dice: «demasiadas veces, ideas y prácticas son solo producto de la ignorancia y sea cual fuere su origen, no hacen ningún favor a sus dueños, los escritores, porque les priva de escribir con plenitud»; y los políticos del mismo modo producto de una miopía e ignorancia extremas han gangrenado la acción política, y no solo han degradado la política sino que hoy por hoy, vivimos en la sociedad actual una crisis crónica de la política, con una mala grafía jurídico-social. El filósofo español Agapito Maestre en La escritura de la política, advierte explícitamente: «La política no es, no debería ser, cuestión de individuos excepcionales, o de partidos políticos sabe-lo-todo, sino de hombres comunes, ciudadanos libres y autónomos». Sin embargo, todo individuo sea hombre o mujer que aspira a la conducción del Estado y el uso del poder, cree fervientemente, en su excepcionalidad por encima del resto de los ciudadanos. En este entramado de cosas, dichos y hechos de quienes lloran y añoran el poder (políticos), algunos interrogantes ineludibles: ¿Cuál ha sido el rol de las mujeres en la política? ¿En qué se debería diferenciar la escritura de la política hecha por mujeres respecto de los hombres? ¿Cuál es el plus de las  mujeres en la escritura de la política?

El aporte del genio femenino al pensamiento universal es evidente. En el Antiguo Testamento encontramos una larga lista de mujeres, que dejaron su impronta en la historia del pueblo de Israel en el camino y comprensión de su fe en el único Dios creador de todo. La poesía mística tiene en Sor Juan Inés de la Cruz a su mejor exponente de todos los tiempos. Hannah Arendt es incomparable en su filosofía política. Sin olvidar que el lugar de las mujeres en las letras no fue fácil; recordemos que en el siglo XIX las hermanas Bronte tuvieron que publicar bajo el seudónimo Ellis Bell. Ya a principios del siglo XX la literatura escrita por mujeres tiene en Virginia Wollf, Margarite Yourcenar, o cómo no recordar una obra de ficción, Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Wollstonecraf. Y en la última década aparecen nombres como Elfriede Jelinek, Doris Lessing, Herta Muller o la polaca Olga Tokarzuk ganadoras del premio Nobel de Literatura.

La estirpe de creadoras en nuestro continente está asociada a nombres como la de Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Rosario Castellanos, Blanca Varela o Ida Vitale todas ellas poetisas; y en narrativa es innegable la libertad de las mujeres para contar la vida sin ajustarse a ningún tipo de estereotipo y están entre algunas de ellas, Selva Almada, Carolina Sanin, Isabel Mellado, Valeria Luiselli, Rita Indiana, Mayra Santos-Febres, Pola Oloixarac, Giovana Rivero, Betina Gonzáles; muchas de estas narradoras denuncian la presencia de prácticas de épocas pasadas y que todavía en la historia literaria siguen sin hacer justicia  a las mujeres y que se percibe aún una cierta desigualdad frente a la presencia de los hombres. Entre las narradoras contemporáneas que rompieron el silencio de la literatura escrita por mujeres se inscriben figuras como las chilenas Isabel Allende, Marcela Serrano y Diamela Eltit; las argentinas Clara Obligado y Ana María Shua; la colombiana Laura Restrepo; las nicaragüenses Claribel Alegría y Gioconda Belli; la cubana Reina María Rodríguez; las uruguayas Cristina Peri Rossi y Carmen Posadas y las mexicanas Ángeles Mastretta, Margó Glanz y Elena Poniatowska, segunda latinoamericana que ganó el Premio Cervantes y única narradora, la otra fue la poeta cubana Dulce María Loynaz. Y antes de ellas están las argentinas Victoria y Silvina Ocampo, la chilena María Luisa Bombal o la mexicana Elena Garro que abrieron desde la primera mitad del siglo XX ese universo singular de las mujeres para contar y ver el mundo desde una sensibilidad muy particular.

Ahora bien, y qué pasó en la política ¿Por qué la escritura de las mujeres en esta dimensión humana es tan escasa o hasta nula en la historia de nuestras naciones? Clarisse Pimkola Estés en Mujeres que corren con los lobos afirma que en toda cultura existe un depredador natural y éste se instala en las mentes y actitudes y hasta en los sueños de todos quienes conforman una sociedad y es devastador. Este depredador ha sido el patriarcalismo que tiene raíces muy profundas en la cultura como dice Pimkola. Y Joaquín Herrera Flores pensador español ya desaparecido en De habitaciones propias y otros espacios negados, decía al respecto: «Vive y se despliega en esa dimensión que implanta un sistema de valores como si fuera el único que tuviera el derecho a conformar nuestras percepciones y nuestras acciones. Todo lo que se salga de sus límites es considerado “excéntrico” o, a lo peor, irracional. Podríamos caracterizarlo como un Polifemo enfurecido con el que solo se puede convivir, primero, afirmando “soy nadie” y, segundo, aceptando los límites de la caverna repleta de símbolos y relaciones de poder en que nos sume». La acción política ha estado absolutamente colonizada por unas relaciones de poder instaurada, afirmada, perpetuada por un Polifemo ilustrado, racional y un sujeto que se creía el único poseedor de derechos, sobre todo el derecho a representar y ejercer el poder de manera rabiosa.

La afirmación de Thomas Hobbes en su Leviatan, “lobo es el hombre para el hombre” (lupus est homo homini), se tradujo en tirano rex es el hombre para la mujer, -ha sido y continúa siendo en la escritura de la política una práctica común. Esta escritura de códigos patriarcales impregnó hasta la misma interioridad del ser femenino. Y por esa razón, la escritura de las mujeres en la política ha sido desde siempre un mero repetir de códigos y símbolos reservados a su depredador natural, los hombres.

Una de las primeras mujeres que cuestiona a ese depredador natural inmanentizado a través de los símbolos en la cultura, será la autora de Orlando y Mrs Dalloway, Virginia Wollf, en su libro A Room of one’s own (Una habitación propia) en el que pone en cuestión el problema serio de la naturalización de la subordinación de la mujer a la naturaleza del hombre en ciertas acciones reservadas por ejemplo la responsabilidad pública, además defendida por intelectuales y políticos del modo mas dogmático y prejuicioso. A medida que nos acercamos al primer cuarto del siglo XXI el escenario ha cambiado muy poco desde 1928 cuando Wollf expresaba su enojo ante la subordinación natural de la mujer. Sin duda quienes crearon la constitución de valores universales y pactos sociales de la modernidad occidental, no solo se han beneficiado de ella sino que han configurado de una forma u otra la exclusión de las mujeres, invisibilizándolas y excluyéndolas de todos los ámbitos de la vida social, no solo de la política.

En la construcción de un nuevo modo de entender la política y su práctica, no se puede caer en idealismos y abstracciones apresuradas. Y es tarea de las mujeres la construcción e una conciencia libre y autónoma capaz de enfrentarse al depredador. Una cuestión seria en la lucha por la elaboración de esa conciencia libre en la escritura de la política pasa por cuestiones pendientes como repensar la democracia desde lo femenino o la misma concepción del poder. En ese sentido, si la libertad trae más libertad, la democracia no es un bonum acabado sino por el contrario es un estado en constante desarrollo y la misma se cobija en la consolidación del Estado, por tanto más democracia acarreará mucho más democracia y la percepción femenina tiene un rol fundamental. Es decir, el verdadero espacio público político se gesta en el curso de la acción. Por eso, no existe nada genuinamente democrático en la ausencia de la acción o en otras palabras solo en la medida en que haya espacios para el foro, el debate, la asamblea, la reunión, etcétera. Y la presencia de la mujer, libre y autónoma es decisiva en esta acción para cambiar los símbolos y valores patriarcales.

En nuestra política boliviana, hoy es urgente el concurso de lo femenino, porque además de atravesar una crisis de la política estamos en una crisis política, justo en el momento en que es posible cambiar los patrones patriarcales. No hacerlo será una enorme irresponsabilidad de las mujeres. Y seguir haciéndole un flaco favor a la escritura de las mujeres en la política. La señora Añez, actual presidenta por sucesión constitucional con su postulación como candidata, confirma la frase misógina de Shopenhauer: «Las mujeres son objetos de cabellos largos e ideas cortas». Repite símbolos machistas impregnados en la silla presidencial por más de 194 años de vida republicana.

Finalmente, en esta revisión de la escritura de las mujeres en la política, creo que es necesaria una observación pertinente. Todavía hoy no es simple determinar cuándo en la escritura literaria de un texto, sin la mención del autor, esta es femenina o masculina. No obstante, el derrumbe de las palabras género que sumen en el anonimato al sujeto ha permitido identificar a través de la individualidad y particularidad, la marca propia de una escritura hecha por las mujeres. Y en la política, si asumimos que fuera de la acción no es posible ni la democracia ni lo político, pues las mujeres pueden escribir nuevos símbolos y nuevos valores universales que broten de su modo y manera de estar en el mundo y actuar. Mientras no haya hechos y acciones de las mujeres que muestren una grafía distinta a la del depredador, seguirá viviendo entre lobos. Y como dice Alessandra Bocheti en Lo que quiere una mujer. Historia, política, teoría. Escritos: «La política la hace la gente cuando hay apasionamiento en la confrontación de ideas, cuando se buscan (sin excluir puntos de vista) las mejores soluciones, cuando… se sienten dueños de la propia historia y del propio país», por tanto las mujeres pueden aportar nuevos modos de generar conocimientos, no autorreferenciales como en el patriarcalismo, sino en definitiva, nuevos modos de actuar, pensar y hasta sufrir el mundo.