EL IRLANDES: LA GRACIA SOBERANA DE LA VEJEZ (Jorge Luna Ortuño)

EL IRLANDES: LA GRACIA SOBERANA DE LA VEJEZ (Jorge Luna Ortuño)

Escrito el 30/12/2019
Jorge Luna Ortuño

El irlandés es una película de la vejez, todo en ella nos invita a meditar sobre el tiempo, la duración de las relaciones, el peso de los años en el cuerpo, la necesidad de mirar hacia el pasado, e incluso la preparación que se requiere para aprender a morir. Martin Scorsese nos entrega su película más larga, una de las más íntimas en su producción. Vuelve a contarnos una historia sobre la mafia, pero la cuestión de la mafia ya no es el verdadero centro de atención. La historia de la mafia es el contexto que crea para referirse a los temas grandes que hoy son de mayor interés para el cineasta, actualmente con 76 años de edad.

El elenco es de lujo, es un elenco de abuelos. Quizá esta haya sido también una de las razones por las cuales le costó tanto a Scorsese que las productoras creyeran en su proyecto, y tuvo que decidirse al final por trabajar con Netflix, limitando la exposición de la película en cines, pero ganando en difusión gracias al formato streaming. La película es algo lenta en el comienzo, es una película de la vejez, como cuando Deleuze y Guattari escriben ya en una edad algo avanzada su gran libro Que es la filosofía, y aclaran en el inicio:

“Tal vez no se pueda plantear la pregunta hasta tarde, cuando llegan la vejez y la hora de hablar concretamente. Se trata de una pregunta que nos planteamos con moderada inquietud, a medianoche, cuando ya no queda nada por preguntar. (…) ¿Pero que era eso, lo que he estado haciendo toda mi vida? A veces ocurre que la vejez otorga, no una juventud eterna, sino una libertad soberana, una necesidad pura en la que se goza de un momento de gracia entre la vida y la muerte, y en el que todas las piezas de la máquina encajan para enviar un mensaje hacia el futuro que atraviesa las épocas”.




Probablemente no sea exactamente el caso, pero El irlandés es un filme realizado con una consciencia muy clara sobre el sentido del legado artístico y del paso del tiempo. Bob Dylan decía en un documental –dirigido por Scorsese– esta frase enigmática: “el tiempo lo cambia todo”. Nada se puede ver de la misma manera una vez que se observa desde el lente del tiempo. Martin Scorsese se lee a sí mismo en el marco del tiempo y todo lo que ha producido, con su característica recurrencia a las historias sobre la mafia y los gánsteres. En una entrevista con Los Ángeles Times se explicó al respecto:

“La razón por la que tardó tanto fue porque no iba a volver a ese mundo y volver a hacerlo. No iba a hacerlo hasta que descubriera algo de mí mismo al respecto. Lo que es eso no podría decirte. Tiene que ver con el tiempo, el cambio en la vida, la familia, los niños. Todo esto. De alguna forma, todos cambiamos. Yo mismo, tal vez Bob [De Niro] también. Después de toda la furia y toda la lucha en la vida, en última instancia, todo se reduce a dejarlo. Se trata de aprender a morir”.

 

Scorsese reafirma con esta película su manera de posicionarse frente a la pregunta ¿qué es el cine?, lo hace sin alzar la voz pero con la misma autoridad de siempre. En los tiempos actuales donde reina el streaming, la velocidad del flujo, la evanescencia de las cosas, El irlandés es una apuesta por un estilo de otra época, que quiere poner en juego su vigencia, su necesidad y también un poco su adaptabilidad respecto de los nuevos canales de distribución.

Las piezas de la máquina encajan perfectamente, el proyecto nace a partir de un libro que Robert de Niro había leído el 2004, I Heard You Paint Houses escrito por Charles Brandt, y que le propuso a Scorsese para que llevaran al cine. Iniciaron el 2007, fue un largo camino, sufrieron para lograr que Joe Pesci aceptara volver de su retiro del mundo de la actuación, y por primera vez en 50 años de trabajo de Scorsese, logró tener en su elenco al icónico Al Pacino. Además, Netflix le otorgó toda la libertad creativa al director, quien consideraba este un punto innegociable.



Después de todo lo dicho, solo queda reparar en la sagacidad de Scorsese, porque decidió no repetirse a sí mismo. Deseaba algo distinto a lo que ya había mostrado en pantalla con filmes icónicos como Calles peligrosas (1973), Buenos muchachos (1990) o Casino (1995). Vuelve a rodearse de sus viejos amigos y protagonistas, pero el ímpetu de sus actores estelares ya no estaba ahí, no era la misma energía, ¿cómo filmar una historia de gánsteres con protagonistas que ya están más cerca de los 80 años? Precisamente porque ya no será una película de gánsteres, sino más bien sobre el tiempo y su efecto en las relaciones humanas. Excelente guion, cabe mencionarse, de Steven Zaillian.   

Si bien llama la atención de principio el rejuvenecimiento que logran con la tecnología para que Robert de Niro (76 años), Joe Pesci (76 años) y Al Pacino (79 años) luzcan como hombres maduros mucho más jóvenes, no se trata de una estratagema para sacar los últimos jugos de una fruta ya saboreada. (Al Pacino, por ejemplo, interpreta a Jimy Hoffa cuando tenía 39 años). Sino que Scorsese se posa en la vejez de sus actores, en la vejez que él mismo comparte con ellos. El recurso del rejuvenecimiento nos recuerda a El curioso caso de Benjamin Button (2009), donde asistimos al asombroso rejuvenecimiento del personaje de Brad Pitt mientras el resto envejecía a su alrededor. Pero en El irlandés se aprovecha esta aparente desventaja como el verdadero punto de partida de la historia: Frank Sheeran, un viejo líder del sindicato de camioneros de Nueva York, amigo de confianza del desaparecido Jimmy Hoffa, comienza relatando su historia sentado en una silla de ruedas, desde una residencia para ancianos. En el medio ocurre la acción, enfocada a que el espectador sienta en carne propia el peso y los sufrimientos con los que carga ese hombre en sus últimos días, a la hora de afrontarse a la solitaria revisión de los hechos y las omisiones de su vida, a la prisión de la vejez, que resulta ser mucho más larga que la juventud, y a las consecuencias de las decisiones, los costos de esas decisiones frente a los seres que más se aman, y que se pretende proteger. La narración nos devuelve al inicio, cuando sentimos que ha pasado toda una vida. Los puntos que toca son lugares profundos en los zaguanes de alma, y cuando se termina nos quedamos algo golpeados, son muchos afectos los que se han movilizado, es un cine de fuerte sensaciones con una estética elegante que navega en las aguas de la nostalgia bien aprovechada.

Es un momento de gracia soberana entre la vida y la muerte, en el que Martin Scorsese nos entrega un mensaje dirigido hacia el futuro que atraviesa las épocas.