Ella (Andres Canedo)

Ella (Andres Canedo)

Escrito el 24/06/2019
Andres Canedo

ELLA Tenía que filmar un comercial para publicitar medias de mujer y eso es siempre un problema, pues hay que conseguir una muchacha de piernas perfectas y que, además, sea linda. Ya lo había hecho antes, para otra marca, y sabía que para un producto de ese tipo muchas chicas verdaderamente hermosas, no alcanzaban lo necesario. Se necesitaban piernas bien moldeadas, largas como el sueño infinito de la belleza, del grosor y la consistencia perfectas, y que tengan, además, esa magia de la sensualidad desbordante. Para abreviar la búsqueda, que la vez anterior había sido un poco agobiante, decidí dirigirme a una Agencia de Modelos, y lo hice con el camarógrafo para comprobar allí mismo que la cámara no nos hiciera trampas ya que lo que ve el ojo humano, suele no corresponderse con lo que muestra ese aparato. Fuimos a la agencia de Katrin Merkel, rubia, preciosa, treintañera, que nos atendió desde atrás de su escritorio y que nos mostró dos o tres muchachas y, una de ellas, superó fácilmente todas las crueldades de la cámara. Hicimos los arreglos económicos, fijamos fecha y hora, y salimos de allí satisfechos: la elegida no dejaba ni un resquicio al fiasco, el rodaje correría sobre ruedas. El día de la filmación la modelo llegó puntualmente y vino acompañada de Katrin Merkel quien, sin que yo pensara que se trataba de un excesivo celo para cuidar a su discípula, me pidió quedarse durante la filmación. Y Katrin, aguantó estoicamente sentada en una silla, las siete u ocho horas que duró el trabajo. Inclusive almorzó con todo el equipo, allí en el estudio de filmación. Al terminar me acerqué a ella, le agradecí y le dije que su modelo tenía muy lindas piernas. Katrin me miró con un poco de picardía y me respondió: “Las mías son mejores. Mira”. Y allí mismo, sin ningún esbozo de timidez o de pudor, se levantó la falda y se produjo una avalancha de resplandores, de imágenes prodigiosas, de arte hecho carne. Katrin, me mostró unos muslos alucinantes, perfectos, prodigiosos, levemente convexos hacia adelante, convergiendo peligrosamente hacia el centro del misterio que dejó precisamente oculto. Pensé, en medio del estupor y el deslumbramiento, que estaba viendo una escultura de Bernini y, claro, le dije, sin vacilar, que tenía razón, que sus piernas eran más bellas que las de la modelo. Y ella agregó: “Es que para filmarme a mí, tendrían que pagar diez veces más”, y con esas palabras y una sonrisa que esparcía luces cegadoras, dejó caer la falda para que cumpla su destino encubrir el tesoro que guardaba. Demás está decir, que algunos de los técnicos que contemplaron la escena, tenían la cara desencajada. Demás está decir, que a partir de ese momento yo perdí el sosiego. Mi mente ágil, a pesar de las tormentas de imágenes de la reciente visión, permitió que le dijera si no quería que la acompañara hasta la salida, luego agregué que a caminar un poco, y ella, entre sonrisas hechizantes y con una voz cantarina que parecía emerger desde sus ovarios, me dijo que sí. Paseamos por el centro de la ciudad, tomamos café, luego comimos algo. Cada expresión, cada gesto, el movimiento de sus manos, las figuras embriagantes que diseñaban en el aire sus labios al pronunciar palabras y las imágenes todavía rotundas, impiadosas, de sus piernas de maravilla, me iban envolviendo con sus efluvios hechiceros en el sueño de su cuerpo. La noche, rotunda y fría, nos recibió cuando salimos a buscar el auto para que yo la llevara a su casa. Allí me invitó a entrar, a tomar un whisky, dijo. Allí, en una sala que en ese tiempo no memoricé, empezamos a besarnos, a embriagarnos con nuestras salivas. Pero en cada pausa de los besos, yo que estaba con la ropa liviana para soportar el día, el frío me sacudía el cuerpo. Yo pensaba en aquello de que entre un hombre y una mujer, cuando menos ropa se tiene, menos frío hace. Acaricié sus muslos de porcelana y fuego, intenté quitarle alguna prenda, pero ella me frenó. “Todo a su tiempo”, me dijo. Un rato de esos se desprendió de la prisión de mis brazos, del ahogo de mi boca, de mis palabras que intentaban embrujarla, y me dijo que la esperara, que volvería en un momento. No sé cuánto tiempo se ausentó, tal vez cuatro o cinco minutos, y, en esa soledad de la espera, el frío intenso de la noche paceña me agitaba intensamente como si me hubieran conectado a un tomacorriente. Pero ella volvió y el frío desapareció como el fulgor instantáneo del arder de la pólvora. Volvió descalza y envuelta en una bata de seda verde. Abrió la bata y la dejó caer y su cuerpo desnudo y blanco, surgió como la epifanía que revelaba mi destino. Su cuerpo no temblaba, estaba allí, frente a mí, colmándome de premoniciones y luminiscencias, mostrándome el epítome y también la abundancia de la estética en forma de mujer, presagiándome los meandros infinitos del placer y del dolor que vendrían. “Ahora es el tiempo”, me dijo y me tomó la mano para llevarme a su dormitorio. Nos hicimos el amor varias veces, con obcecación y delirio, como si el estreno fuera a la vez despedida, como si siguiéramos un plan feroz para no dejar ni un resquicio sin conocer, sin degustar, sin marcar con nuestras presencias en los poros más profundos de la memoria. Éramos, a la vez, víctimas de la ternura y la sevicia. Y poco a poco dejamos de ser, dejamos de reconocernos; éramos sólo cuerpos fagocitándose, alejados de todo resplandor de la conciencia, ajenos a nuestra historia, sólo nuestros cuerpos vivían para devorarse. Los orgasmos se desbocaban como potros corriendo en la tormenta. Viví con ella poco más de un año. Al principio, además de sexo, surgió la ternura. Cuando yo viajaba, me llevaba al aeropuerto y me decía: “Ya nunca más no estarás sin quien te despida ni quien te espere”. Pero, a pesar de nuestros trabajos y de cumplir con nuestras necesidades mínimas, todo momento libre estaba dedicado al amor. Lo hacíamos en cada rincón de la casa, en cada mueble que se prestara para hacerlo, debajo de la cama, aprisionados en el espacio mínimo que laceraba mi espalda. Todo era tan extremo, tan desaforado, que parecíamos personajes de una historia de Bukowsky. Al cabo de un mes, empecé a temer el regreso a la vivienda. Estaba agotado, exhausto, demolido, pero cumplía porque la fuente del deseo no se había agotado. A veces nos dábamos unas pausas y salíamos a pasear en su automóvil, en el que ella jugaba a abordarme y seducirme. “Este es un secuestro, me decía, y el precio de tu rescate es hacerme el amor hasta la saciedad. Si no cumples, esto es lo que te pasará”, agregaba y abría la cajuela guantera del vehículo y mostraba el intimidante revolver calibre 38 que solía llevar con ella. Nuestros mundos eran muy distintos, el de ella, al que debía acudir, más bien frívolo, fue desplazando, al menos en esos ratos, a mi mundo artístico. Cuando entrábamos a uno de los eventos a los que siempre asistía, se oía la voz del animador que decía: “Ahora entra la bella Katrin Merkel, acompañada de su esposo”. Allí yo era el esposo innominado, el príncipe consorte. También viajamos mucho, a otras ciudades del país o del exterior, y las camas de los hoteles en los que nos alojábamos, sufrían la impiedad avasalladora de nuestros cuerpos siempre hambrientos. Pero ella, Katrin, más allá de su cordialidad y cariño, tenía un carácter terrible y las discordias empezaron a surgir. Hasta que un día nos separamos. Me quedé solo en la casa desamparada, en la que prácticamente todo lo mío había sido reemplazado por sus cosas: la cama matrimonial, aristocrática, con dosel, los muebles de la sala, los del comedor. Aquella noche, yo hice en la vivienda arrasada, lo que llamé “la fiesta de la destrucción”, con mis amigos sentados en el piso pues ni sillas habían quedado. Pero no quedó rencor. Ella empezó a salir con otros hombres, yo con otras mujeres. Conocí a dos o tres de sus examores y hasta nos hicimos amigos. Un día, en que estábamos reunidos en una fiesta, yo arriesgué una expresión que no fue del todo feliz: les dije que podíamos formar un club, el club de los ex de Katrin. Sin embargo, impensadamente, un día nos encontramos y ella me llevó a su nueva casa, y allí, con todo el ímpetu renovado, estuvimos tres días encerrados, haciéndonos el amor más intensamente que cuando nos conocimos. Éramos dos organismos cuya única e imperativa función era el acoplarse hasta el desenfreno y luego estallar, para rehacerse en el universo limitado de sus efímeras vidas y acabar en el agotamiento total, en una especie de muerte de la que salían los cuerpos consumados. Después, yo me mudé a otra ciudad, en el trópico, en el calor de la selva. Dos o tres años luego, me enteré por la prensa que Katrin Merkel venía a dar unos cursos de modelaje. La fui a ver. Seguía tan bella como antes. Sus ojos de cielo me hicieron saber que ella reconocía en mi cuerpo el instrumento de su placer; los míos, también la reconocieron. Esa noche nos fuimos a mi casa e hicimos, por primera vez, el amor con serenidad, con inmenso cariño, con un deleite nuevo y revelador. Ella, mientras reposaba la cabeza sobre mi pecho, me dijo: “Aquí, contigo, me siento en paz”. Por la ventana, en la noche densa, se colaba el canto de las chicharras y la oscuridad nocturna se volvió diáfana. Pero claro, era solamente una de las vueltas de la vida, la oportunidad para hacernos saber que toda guerra, tiene momentos de sosiego en que los combatientes se encuentran despojados de furor y descubren, en una inesperada revelación, las fuentes secretas de la ternura. Andrés Canedo