FLORENCIA (Andres Canedo)

FLORENCIA (Andres Canedo)

Escrito el 14/06/2019
Andres Canedo

FLORENCIA
Camino por las calles de Florencia (Firenze) y el alma entera se me convierte en una multitud de ojos y en un gigantesco corazón que bulle y se sacude violentamente en mi pecho, al colmarse de emociones y de belleza. También pensamientos y recuerdos me asaltan y todo en mí se vuelve tan caótico que necesito serenarme. La visión de la Catedral de Santa María del Fiore me deja casi paralizado: la increíble cúpula de Brunelleschi (tesón, esfuerzo, ingenio, sentido de la belleza); la fachada neogótica que sé es muy posterior al duomo, pero que es increíblemente bella, que no desentona, que se une y armoniza también con las imágenes mentales de las fotos que había visto antes; el campanario; el alucinante Baptisterio (allí donde fue bautizado Dante Alighieri) y sus puertas, “todas” Puertas del Paraíso, en las que trabajaron Donatello, Ghiberti, Pisano, Brunelleschi, años de años de esfuerzo, de tenacidad, de dolor y placer para crear arte, para hacer que nuestros ojos, mis ojos, puedan contemplar lo sublime. Allí estoy, en el mismo lugar donde Miguel Ángel (Michelangelo), todavía aprendiz en la Casa Medici, quedó deslumbrado y llamó, a un par de aquellas, precisamente, Puertas del Paraíso. Veo formas manifestándose en arte y pienso, vendavales de letras y palabras me asaltan, imágenes, páginas enteras de libros leídos desde la adolescencia; pienso en Florencia y su destino. La villa militar romana donde más o menos 50 años antes de Cristo Julio César tenía un destacamento, en ese lugar que llamaron Florentia, florecimiento. Los romanos, esos campesinos que resultaron brillantes militares y políticos que, además, tuvieron el buen gusto de copiarse todo de Grecia, su arte, sus dioses, parte de sus sueños… y Julio César mismo, que tuvo el buen gusto de enamorarse de la rutilante adolescente Cleopatra que emergió desnuda del rollo de una alfombra, estética erótica, belleza en carne viva, oferta palpitante de cielos e infiernos. Florencia y su destino, pienso, pues después, en la segunda mitad del 1.200 estuvo Dante, que se enamoró sin consuelo ni esperanza, únicamente, desesperadamente y para siempre de una niña florentina en honor a la cual elaboró su obra gigantesca; Florencia y su destino, porque después, poco después apareció Boccaccio y escribió sobre sexo, escribió sobre palafreneros que con ingenio y voluntad le hacen el amor a reinas descuidadas, sobre reyes astutos y comprensivos que prefieren perdonar y olvidar. Y Boccaccio y Petrarca que empiezan a esbozar lo grande, lo enorme que vendrá, que esbozan el humanismo, que destacan la importancia y el protagonismo del hombre, del ser humano. Camino, camino por las calles de Florencia y me voy adentrando en su esencia, en su misterio, en sus revelaciones. Veo, mi mente ve, un hervidero de gente hecha de luz, que trabaja, que crea formas, que combina colores, que imagina caminos misteriosos y mágicos al pincel y al cincel, que planea, desde la pasión y la fiebre, desde el dolor y el sueño, cómo convertir los ladrillos en esplendor, en hermosura, en regocijo para quienes, luego, contemplarán la magia de las formas que el hombre, ese centro del universo, puede convertir en arte. Camino y mis desgastadas articulaciones ya no me reclaman, ya no me imprecan, ya no me claman piedad. Estoy frente al Palazzo Vecchio y lo reconozco, es algo que ya he visto, que de alguna manera ya he vivido, es una especie de “dejà vu”, como dicen los psicólogos. La torre, la piedra, las ventanas con arcos trilobulados, los estandartes, el fronstipicio, la sensación del poder y la riqueza. Desde allí los Medici gobernaron, principalmente desde allí surgió el mecenazgo a los artistas y, como testimonio de aquello, en la vecina Piazza della Signoría, un conjunto de esculturas nos observan desde la eternidad: el David, de Miguel Angel (no el original, pero una réplica perfecta), las de Donatello (también réplicas) la denostada, pero no menos bella obra de Baccio Bandinelli. Sé, y eso apenas me mortifica, que los originales están en otra parte, pero mi mente hace un esfuerzo de sustitución y me siento rodeado de tanta belleza, que por ser tanta, duele. Sé, que por este mismo lugar caminaron y soñaron y amaron, Miguel Ángel, Leonardo, Giotto, Botticelli, que por allí andaba a los gritos el monje Savanarola que de tanto imprecar terminó quemado, sé que por aquí, sobre estas mismas piedras, conversaba Miguel Ángel con el filósofo humanista Pico de la Mirandolla. Estoy en el Renacimiento, en su cuna, en el lugar y en el tiempo en los que se acaba con la prisión y las tinieblas de la Edad Media, con el teocentrismo y, obra de los humanos, se surge al antropocentrismo liberador (y también nocivo). De allí surgirán nuevas visiones, nuevas filosofías, nuevos principios de libertad. Pero, se me ocurre pensar, si también desde aquí, desde toda esta maravilla, no se habrá generado el posterior eurocentrismo, tan discriminador, tan cruel para con los otros pueblos de la tierra. No lo sé, tengo, vivo la conciencia y el impulso, tal vez la pulsión, de que es tiempo de sentir y no de pensar. En la tarde, tendré cita con Sandro Botticelli y Simonetta Vespucci, en la tarde iré a ver El Nacimiento de Venus y me encontraré con esa bella mujer a la que el maestro florentino pintó en innumerables ocasiones y a la que posiblemente amó. Esa mujer de la que yo me enamoré desde la adolescencia, con una pasión un tanto más liviana de la que me ligaba (me liga) a la misteriosa Nefertiti egipcia. Ella, la Venus, que fue asediada por todos los artistas y numerosos personajes del Renacimiento, aquí, en Florencia. Ella, que enamoró a uno de los poderosos Medici, ella, que fue pintada por numerosos grandes pintores, ella, de una belleza tan contemporánea y eterna, que murió tan joven y a la que después de su muerte siguió pintando Botticelli, y, más aún, pidió (y logró) ser enterrado junto al sepulcro de aquella amada inmortal. Florencia me sobrepasa, es abrumadora para mi desgastado corazón. Debo respirar, debo descansar.
Mis ojos escapan de tantas visiones y se posan en la calle poblada de turistas y con algunos, pocos, caminantes locales. Una muchacha hermosa camina refulgiendo entre la multitud anónima. A dos pasos de mí, se cruza con un hombre joven que le dice “Ciao, Fiorella” (Fiorella, Fiorentia, el nombre original de Florencia) y ella, derramando luz desde sus ojos claros, le responde “Ciao”.
Andrés Canedo